Pequeño tirano

pequeño tirano - 10enConductaCuesta aceptarlo, y mucho más nos cuesta reconocer en público que en casa tenemos una situación que no sabemos cómo manejar. Nuestro hijo, que hace nada era un bebé adorable parece haberse convertido en un pequeño tirano. Alguien con quien no sólo cuesta convivir, sino que nos hace andar con pies de plomo para evitar sus enfados.

Pero ¿cómo hemos llegado a este punto? No es algo que ocurra de la noche a la mañana, no nos hemos despertado un día con un niño que tiene un problema de conducta que antes no existía. Es algo que va creciendo, una situación que poco a poco nos ha ido desbordando. Empieza con pequeños caprichos, nos parece que quizás es sólo un niño consentido. Y sí, puede ser solo eso, un niño consentido, pero si no ponemos el freno a tiempo, de un simple niño caprichoso podríamos pasar a tener un adolescente agresivo.

 

Señales de alerta de que tenemos un pequeño tirano

 

Los padres nos preguntamos cuáles son las señales que nos llevan a pensar que en casa tenemos un pequeño tirano. Por poner algunos ejemplos: nuestro hijo o hija no pide las cosas por favor, lejos de eso exige lo que quiere; su tono de voz y su expresión facial denota enfado al solicitar algo, por ejemplo,” hazme una trenza para ir al cole”; grita con facilidad; no es capaz de esperar, lo que quiere lo quiere ya; se enfada si no consigue su objetivo. En su petición parece ir implícita una amenaza. De hecho, en ocasiones sí que hay incluso amenazas a los padres si no acceden a su petición, sea cual sea.

A veces, el problema es que no toleran la frustración, no saben lo que es o simplemente no quieren ni oír hablar de ella. No es agradable sentir frustración, eso lo sabemos todos, pero también debemos saber que es necesario conocerla. La frustración nos ayuda a querer mejorar, a superarnos a nosotros mismos, a ser pacientes, a empatizar con otros, etc.  Toda emoción, positiva o negativa, tiene una finalidad, por lo tanto, es útil. ¿por qué no aprender de ella?

Consecuencias

Cuando el ambiente familiar está dañado por este tipo de comportamientos las consecuencias no son sólo encontrarnos con un menor indomable, sino también el daño emocional en los padres al igual que en el niño.

Por un lado, en los padres aparece la culpa, como si tuviéramos la obligación al hacernos padres de saber gestionar todo tipo de situaciones con nuestros hijos. Por otro lado, la frustración y la impotencia al no poder resolver el problema. Estas emociones negativas derivan también en cansancio y sensación de fracaso.

Pero de todas las emociones que sienten los padres, yo me centraría en la que para mí es la más peligrosa de todas, el miedo. Aparece en el mismo instante en el que vemos que nuestro hijo es capaz de explotar de rabia si no consigue su propósito. Aparece cada vez que vemos que no ha aprendido a tolerar la frustración. Para aprender cómo ayudar a los niños a tolerar la frustración, pincha aquí.

Es el miedo al sufrimiento de nuestro hijo y al que nos pueda producir a nosotros los padres, lo que nos lleva a darles lo que quieren, ya sea comprarles tal cosa o tal otra o hacerles los deberes. Lo importante parece ser aquí, que no estalle la rabia, que no se encolerice. Y por evitarle la frustración al niño que conllevaría no salirse con la suya, lo que hacemos es ceder, darle lo que pide. Es decir, le negamos el aprendizaje a través de la experiencia, no le dejamos que experimente frustración. Entonces, si no la conoce ¿cómo podemos esperar que aprenda a lidiar con ella?

Un no por respuesta

Parece sencillo, aunque realmente no lo es. A mi parecer hay dos aspectos a cuidar para poder atajar el problema de tiranía del menor.

  • Empecemos por lo que el sentido común nos dice que sería el primer paso, decirle NO. O lo que es lo mismo,  establecer límites. Sin límites no hay educación, y esto nos lleva necesariamente a decirles que no a los hijos. Y no una vez, ni dos, muchas veces. Se frustrarán, claro, pero ya hemos hablado de que eso no es malo, así que pasemos al segundo punto:
  • Empatía. Debemos enseñarle a ponerse en el lugar del otro, ver la vida desde otro punto de vista. Eso es la empatía, saber ponerse en los zapatos del otro. Esto, como decía no es fácil, pero es fundamental si queremos observar cambios en la conducta de nuestro hijo. Debe aprender a ver desde los ojos de otro para poder renunciar a su ego, a sus deseos.

 

Los niños con empatía y que se han educado con unos límites serán el día de mañana personas con más habilidades para resolver los conflictos; con más amigos, puesto que la empatía es la clave principal de la amistad. Y seguramente haber adquirido estas habilidades, hará mejorar significativamente el clima familiar.