Manual para sobrevivir a las temidas rabietas

La frustración es una consecuencia de las rabietas

Cuando hablamos de rabietas, pataletas o berrinches es probable que nos venga a la cabeza una imagen de un niño gritando y llorando, a veces incluso golpeando o tirándose al suelo. De hecho, las rabietas son mucho más fáciles de reconocer que de definir. El motivo por el que surge una pataleta puede ser cualquiera: qué vestir, qué comer, adónde ir y cuándo marcharse, son algunas de las decisiones que a los pequeños les gustaría tomar por sí mismos.

La rabieta no es más que una expresión inmadura de la frustración. Los niños no saben aún expresar esa emoción ni manejarla, sólo saben que se sienten mal, por eso explotan con cólera ante situaciones que les desbordan. Lo natural y saludable es que los niños se sientan libres de poder expresar lo que sienten. Es un comportamiento natural y esperable en niños entre los 2 y 4 años aproximadamente. En su día a día hay multitud de situaciones que pueden producirles frustración. Son mucho más frecuentes cuando los niños están cansados, con sueño, tienen hambre o cuando están enfermos.

Esta etapa forma parte de su desarrollo y lejos de temerle debemos entenderla como un entrenamiento para que los niños aprendan a reconocer y a gestionar sus propias emociones. Claro que ellos solo no pueden aprender de manera eficaz a resolver estas situaciones, por lo que es fundamental la ayuda de sus padres.

Si hemos sufrido algún tipo de represión cuando hemos tenido una rabieta de pequeños o ignorancia a estas necesidades, lo más probable es que reaccionemos ante esta situación con nuestro hijo de la misma manera, pues es un modelo aprendido.

¿Qué podemos hacer ante las rabietas?

La primera recomendación que hago siempre a los padres es que la mejor estrategia ha de ser la prevención, es decir, anticiparnos nos puede evitar algunas situaciones indeseadas.

  • Si sabemos que hay momentos en que es más probable que aparezca una rabieta, por ejemplo cuando nuestro hijo tiene sueño, hambre, etc. Mejor será satisfacer esa necesidad de descansar, dormir o comer.
  •  Adaptar la casa a los niños o “ponerla a prueba de niños” suele ser bastante efectivo para momentos en que el motivo de la rabieta es por ejemplo coger aquel objeto tan preciado y frágil que nos regalaron. Es decir, reducir el número de veces en que tenemos que decirles que No.
  •  Atender los ritmos y necesidades de cada niño. Si su hijo es muy nervioso, necesitará un rato de correr o saltar cada día.
  • Ofrecerle a menudo la posibilidad de elegir entre varias opciones, siempre que sea posible. Por ejemplo: ¿Quieres que te lea el cuento de los cerditos o el de blancanieves? Que sean ellos mismos quienes tomen sus pequeñas decisiones.
  • Darle un aviso con tiempo. Ayuda a que ellos puedan anticipar qué va a pasar. Es preferible avisar de que en 5 minutos nos vamos del parque a pedirles que dejen inmediatamente de hacer lo que están haciendo.

Pero… ¿Y qué pasa cuando la rabieta ya ha empezado?

  • En primer lugar debemos mantener la calma, mostrarnos tranquilos sabiendo que es normal que nuestro hijo/a se sienta frustrado, por más inoportuna que sea la rabieta (en mitad de la calle, en el supermercado o en casa de los abuelos), no ayudaríamos si nosotros nos ponemos nerviosos también.
  • Lo segundo es mantenernos firmes, no “ceder” inmediatamente a sus deseos pues de esa forma le enseñaríamos un camino inadecuado para conseguir las cosas. Cuando la rabieta está empezando o son niños muy pequeños, a veces funciona bien distraer, cambiar de lugar. Hablar de cosas que llamen su atención o le gusten.
  • Háblale en tono pausado, en voz baja a ser posible, y agáchate para ponerte a su altura, esto le da confianza, cercanía y les hace sentir que lo que sienten es importante para ti.
  • Ahora es el momento de hablar de sus emociones. No trate de razonar con su hijo. No es tan importante ahondar en el motivo causante de la rabieta como en cómo le hace sentir. El hecho de sentirse escuchado, comprendido le proporciona calma y bienestar. Frases como “entiendo que estés enfadado” suelen ayudar.
  • Si tu hijo es pequeño, cógelo en brazos, si no es posible, acarícialo, dale la mano, que se sienta acompañado y amado. Al contrario de otros cientos de consejos que habrás oído y leído referidos a ignorar las rabietas, es bueno para el niño saber que su padre/madre/cuidador está con él cuando más lo necesita.
  • Ayuda a tu hijo a buscar una solución, de manera conjunta, dándole opciones para que se sienta partícipe en la resolución de situaciones problemáticas.

Podemos aprovechar para transformar estos momentos de rabietas a priori tan desagradables en oportunidades para educar emocionalmente a nuestro hijo para que crezca feliz ¿o no es la felicidad y el bienestar de los hijos nuestro objetivo como padres/madres?