Exceso de estímulos y falta de tiempo

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Vivimos en un mundo saturado de estímulos. A diario somos bombardeados por multitud de sonidos, imágenes, olores…  Nuestras vidas y por lo tanto la de nuestros hijos se han vuelto demasiado complejas, sofisticadas diría yo. No dejamos espacio a la relajación, la calma, el nada que hacer, para que nuestro cuerpo y nuestra mente descansen.

Nos empeñamos en darles lo mejor, nos desvivimos a veces para que tengan de todo, procurarles una infancia feliz y sin echar en falta nada. Tal llega a ser en ocasiones nuestra preocupación como padres que cometemos el error de sobre-estimularlos, en lugar de estimularlos, logrando con ello el efecto contrario al deseado. Nos afanamos en darles a los pequeños  a probar cosas nuevas, comprarles nuevos juguetes, enseñarles nuevos lugares, nuevas actividades… emociones nuevas. Y no hay nada malo en eso, en proveer de vivencias a los niños; pues el conocimiento llega a través de la experiencia y sabemos que para aprender la mejor vía es vivir las cosas de manera directa. No hay mejor forma de adquirir conocimientos que experimentar las cosas por uno mismo.

A este exceso de estímulos además hay que sumarle la falta de tiempo. Y es que en sus agendas rebosantes de actividades, les falta tiempo para jugar, tiempo para aburrirse. Y no creamos que el aburrimiento es algo negativo para los niños pues nada más lejos de la realidad. Dicha emoción da lugar a buenas ideas, sí, el aburrimiento es positivo porque “obliga” a los niños a usar su imaginación, fomenta la creatividad.

Esta combinación de exceso de estímulos y falta de tiempo tan común en nuestros días junto con las altas expectativas de los padres con respecto a sus hijos, produce a los niños estrés. Los pequeños están sometidos a mucha tensión para lograr rendir al máximo y no defraudar a sus padres.

¿Qué ocurre cuando hay demasiada estimulación en el ambiente que rodea al niño?

 

Ni que decir tiene, el valor que debemos concederle, cuando hablamos de niños, a tener unos Hábitos de vida saludables. Y no me refiero solamente a una dieta equilibrada, pues eso es harina de otro costal (y prefiero dejarlo en manos de expertos) ni a los beneficios del ejercicio físico en nuestro día a día, que también sabemos de ellos. Sino a lo importante que es para nuestra salud el bienestar emocional, aquello de “mens sana in corpore sano”. En este sentido la relajación juega un papel importante, no sólo hablo de utilizar técnicas de relajación, de las que todos sabemos sus beneficios, sino de ir un pasito más allá: dejar que la relajación forme parte de nuestra vida y la de nuestra familia.

Deberíamos buscar un equilibrio entre actividad y relajación. Los niños necesitan moverse, tener actividad (física y psíquica) pero también necesitan tranquilidad, paz, desconexión, al igual que los adultos. Pero me atrevería decir que incluso en mayor medida, pues hablamos de mentes en desarrollo, lo que aprendan hoy y cómo lo aprendan les influirá mañana. Recordemos que niños y niñas nacen con una cosa de serie llamada curiosidad, que es lo que les impulsa a conocer, a descubrir cómo funciona el mundo, a explorar poco a poco lo que les rodea de forma natural. La capacidad de sorprenderse es innata al ser humano. Y a veces, vemos niños que apenas se sorprenden. Si los estimulamos en exceso, si los niños reciben de manera continua dosis extra de estimulación se vuelven menos sensibles a los estímulos del entorno, se habitúan a los excesos y les cuesta más concentrarse en una sola cosa. Pasa algo muy parecido a lo que ocurre con las drogas, cada vez necesitarán más estimulación para lograr el mismo efecto. Por ejemplo, ¿creéis que una niña que haya ido a EuroDisney, Terra Mítica y la Warner se sorprenderá si un día la llevas a Tivoli World? Es más, ¿crees que disfrutará igual que otro niño que vaya por primera vez a un parque de atracciones?

¿Cómo adaptar esto a la vida de los niños?

 

No vamos a cambiar su vida de golpe, pero podemos cambiar algunas pequeñas cosas de nuestro día a día para que la infancia de nuestros hijos se parezca un poquito más a lo que queremos que sea.  Propongo algunos consejos:

  • Retirar parte de los juguetes del niño de la habitación puede ser un buen principio. Tu hijo no necesita todos los juguetes que tiene al mismo tiempo. No es necesario deshacerse definitivamente de dichos juguetes, basta con guardarlos y sacarlos más adelante. Que su habitación o cuarto de juego no esté sobrecargada de juguetes. Esto ayuda a restar importancia a lo material, y a que los niños utilicen los recursos que tienen a su alcance para crear y jugar.
  • Cambia la televisión por un libro siempre que puedas; el niño puede decidir el ritmo al que leer o pasar las páginas para ver las viñetas, la tele no necesariamente va al ritmo que tu hijo quiere o necesita.
  • Pasar más tiempo junto a su hijo o hija, no necesariamente haciendo montones de cosas excitantes, sino simplemente jugando con él o ella, leyéndole un cuento, paseando o cocinando juntos.
  • Más contacto con la naturaleza (ya sabemos lo bien que les sienta a los niños), cambia los centros comerciales por salidas al aire libre, el campo o a la playa siempre que sea posible.
  • Dejémosle tiempo libre, tiempo que no esté organizado de antemano ni dirigido por un adulto. Permitamos a los niños ser niños, que se sientan libres sin la supervisión de sus padres.

 

Payne, en su libro “Educar con simplicidad” propone buscar la simplicidad, educar a los niños sin prisas, desde la sencillez, y la tranquilidad, (algo que parecemos haber perdido) respetando sus ritmos, volviendo a lo más sencillo. Y eso es quizás lo más difícil a lo que nos enfrentamos, el hecho de buscar la simplicidad, con el ritmo de vida que llevamos, es altamente complicado. Pero no imposible.