Superando los miedos

Miedos - 10enConducta.comAunque cuando hablamos de los miedos le damos una connotación negativa, lo cierto es que el miedo es una emoción básica, es decir, la sentimos tanto humanos como animales. Tiene una función fundamental para nuestra supervivencia que es alertarnos ante el peligro, de manera que es una emoción necesaria y adaptativa. Desde una perspectiva evolutiva, el miedo nos aleja de situaciones de peligro, por lo tanto, nos mantiene a salvo.

Cuando hablamos del miedo en niños, observamos que es muy diferente según la edad. Así, por ejemplo, en los primeros meses de vida el bebé lo normal es que sienta miedo ante ruidos fuertes o estridentes. Alrededor del año o año y medio, los bebés tienen miedo a personas y situaciones extrañas, o a separarse de los padres, la llamada ansiedad de separación (muy popular en la puerta de centros infantiles y guarderías). A partir de los 3-4 años suelen aparecer miedos tales como a la oscuridad, a estar solo, a elementos de la naturaleza, etc. Y hacia los 8-9 años, el temor lo causan cosas más existenciales como el miedo a la muerte. Y una vez llegada la adolescencia sus temores están más relacionados con sus relaciones sociales (necesidad de aceptación social).

Estos miedos, a los que he hecho mención antes, suelen ser transitorios y tienden a desaparecer de forma natural conforme la persona va madurando y racionalizando esos temores. No obstante, podemos adelantarnos a la aparición de algunos miedos, tratar de evitarlos, puesto que sabemos que en nuestra vida diaria pueden llegar a ser incapacitantes. Y por otro lado, porque tener las herramientas para ayudar a nuestros hijos a afrontar el miedo nos facilitará la tarea de construir una buena autoestima.

Para ayudarles a superar los miedos y anticiparnos a ellos, la ayuda de los padres es fundamental. Por ejemplo, manteniendo una educación positiva, evitando los castigos y las amenazas a los niños. Si dejamos de utilizar su miedo para obtener la conducta que esperamos de ellos, y le explicamos lo que de verdad queremos que hagan, les estamos educando sin tener que recurrir al miedo. (ejemplo: “si no entras ya en el coche va a venir por ti el hombre del saco….” Cuando en realidad podríamos decirle “necesito que entres ya en el coche porque si no llegaremos tarde”). Se trata de cambiar un poco el chip como padres y plantearnos si para conseguir la tan ansiada obediencia es útil recurrir al miedo sin pensar en otras consecuencias negativas que esto pueda tener en el menor.

Entonces, ¿cómo le ayudo a superar sus miedos?

En primer lugar, como adultos, debemos controlar nuestros propios miedos para no transmitírselos a nuestros hijos. Como decimos siempre, tendremos que empezar dando ejemplo. Puesto que los padres somos sus modelos, que aprendan de nosotros a afrontarlos.

Para el niño o la niña su temor es importante, no lo ignores, ni lo menos precies, eso no hará que desaparezca. Hazle sentir que te importa lo que siente pues es para él eso a lo que teme es real. Nunca te rías de sus miedos, ni lo ridiculices, el respeto es fundamental. Ante todo, debe sentirse arropado por sus padres. El niño ve en sus padres la figura de protección, cuando éste percibe que quien lo debe proteger no lo hace, su mundo se descoloca.

Enséñale a resolver los pequeños problemas de nuestra vida cotidiana por sí solo, Dotar de habilidades en la resolución de problemas le ayudará a enfrentarse a la frustración y a la vez a no reaccionar con miedo ante situaciones desconocidas.

También es muy importante saber reforzar los pequeños gestos de valentía, por pequeños que sean. Por ejemplo, ir al baño solo con la luz apagada, para él/ella es un logro importante si tiene miedo a la oscuridad, y este logro se reafirmará si le mostramos lo orgullosos que estamos de que lo haya conseguido.

Nuestros hijos e hijas necesitan sentirse seguros, como hemos dicho antes, protegidos por sus padres, pero ojo, una cosa es cuidar y arropar y otra es caer en la sobreprotección (dándoles todo hecho). De este modo, lo que generamos sería el efecto contrario al deseado: niños inseguros, que busquen constantemente nuestra aprobación y que resolvamos los conflictos por ellos. Y nos estaríamos convirtiendo en hiperpadres.