“No llores, que te pones fea…”

muñeca que llora

muñeca que llora

El otro día oí una conversación entre dos niñas de cuatro años, donde una pequeña intentaba consolar a otra que lloraba diciéndole “no llores, que te pones fea”. Esta frase que habremos oído en boca de algunos mayores no pocas veces, y precisamente con la misma intencionalidad que la que yo le aprecié a aquella niña, me hizo pararme a pensar y analizar tanto la situación como la frase en sí.

Por un lado, reconozco que me estremecí al ver lo que tantas veces nos empeñamos en enseñarle a los niños desde tan pequeños: Empatía. Sí, ese saber ponerse en el lugar del otro, entender su tristeza, en este caso, e intentar consolar al otro con palabras de ánimo. Y si esto sale de unos niños de infantil, me llama aún más la atención, pues o bien se ha trabajado mucho la empatía con ellos o “lo traen de serie”, como se suele decir.  El hecho es que en esta ocasión, la niña sí que supo ponerse en la piel de la otra niña y entender que estaba apenada. Era una situación real de empatía.

Por otro lado, lo que me chocó fue la frase. No el escucharla de unos labios tan pequeños, sino lo  que eso significaba. Con esa frase, entendí que la niña (pongámosle Cecilia) captó enseguida la emoción de su amiguita (pongámosle María) y por eso corrió a consolarla. Pero esa frase tiene mucho encerrado. Cecilia entendió el malestar de María y precisamente por eso le dijo “no llores”. Ese no llorar es “cortar” la expresión de una emoción tan natural y tan frecuente como es la tristeza. Los humanos expresamos con llanto nuestro malestar. A edades tan tempranas lo niños no tienen los recursos suficientes para expresar su desánimo como deberíamos tenerlo los adultos. Y ya desde la infancia estamos enseñando, pues es obvio que la frase la había escuchado Cecilia antes, a nuestros hijos a no mostrar sus emociones.  Está claro que Cecilia le hablaba con total sinceridad a María para recordarle que no se debe llorar.

No menos importante me parece la segunda parte de la frase “…que te pones fea”. Y es que en esta sociedad en la que vivimos le damos tal importancia a la belleza, al físico, que lo convertimos en un valor supremo y parece que se lo vamos inculcando a los niños desde bien pequeños. Tanto es así que el “no estar fea” es mucho más importante que expresar tristeza. De manera que una niña a sus 4 años ya debe empezar a entender que el hecho de estar guapa debe estar por encima de lo que siente en ese momento.

¿Qué tal sería enseñarles otro punto de vista? ¿Se puede llorar?

  • Enseñarles, por ejemplo, que si María está triste le está permitido llorar.
  • Que podemos ir a consolarla y con solo ofrecerle nuestra mano, un abrazo o una caricia ya apreciará que entendemos su angustia y estamos a su lado.
  • Que la belleza no está en el exterior, sino en el interior de cada uno. Por más que llore, no va dejar de ser mejor o peor persona.
  • Que no es más fuerte el que menos llora, sino el que se levanta tras cada recaída.
  • Que sentirte triste a veces ayudará a comprender mejor a los demás cuando ellos estén tristes.

De manera que cada vez que María llore sepa que no está mal llorar, que tiene a su lado a alguien que la quiere y la comprende, y que el estar triste nada tiene que ver con la belleza.