Cosas que tus hijos heredarán de ti (te guste o no) o el poder del ejemplo

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Hay muchas, muchísimas cosas que tus hijos heredarán de ti, tanto si te gustan como si no. De ahí que a veces la responsabilidad de ser padres nos venga un poco grande. Y no hablamos solo de la carga genética, sino de las costumbres, la manera de expresarnos, la forma en que nos relacionamos con los demás.

 

Siempre que hago alguna recomendación a los padres sobre cómo modificar hábitos o conductas en los niños, suelo empezar por el mismo tema: dar ejemplo. Sé que puede resultar cansado oír siempre lo mismo, o puede parecer un consejo hartamente conocido. Pero la verdad es que no podemos obviar que los niños aprenden por imitación y que los padres somos sus principales modelos. De modo que no veo una forma mejor de educar a nuestros hijos que empezar por nosotros mismos. (Esto es algo que no siempre es bien aceptado por los padres en las primeras consultas de psicología infantil).

Lejos de ser una banalidad, el conocido “predicar con el ejemplo” nos debe servir para pararnos a reflexionar sobre nuestros propios hábitos.

Y al reflexionar sobre las cosas que vemos en nuestros hijos que no nos gustan, deberíamos a su vez valorar si esas “pequeñas cosas” también las tenemos nosotros. Los hijos son un buen reflejo de nosotros mismos, nuestras virtudes y nuestros defectos. Aprenden mucho más de nuestro ejemplo que de nuestros consejos.

Predicar con el ejemplo es la base de la educación

Antes de esperar una conducta determinada en nuestros hijos, deberíamos pararnos a analizar la nuestra propia, hacer un poquito de auto examen y ver cómo hacemos nosotros esta o aquella cosa.

Si nuestro hijo nos ve comer comida sana, comerá comida sana, si nos ve hacer deporte, querrá practicar deporte. Si ve que levantamos la voz para hacer valer nuestra opinión, él también gritará. Igual pasa con la violencia, si ve que usamos la violencia para conseguir obediencia o castigar, aprenderá a usar la violencia cuándo él o ella quieran obtener algo de otra persona o castigar si el otro ha hecho algo que considera injusto. La violencia se aprende, los niños no nacen violentos.

Igual pasa con la consabida y ansiada igualdad, si en casa las tareas domésticas no recaen solamente sobre la madre, sino que que los hijos ven cómo la familia funciona como un equipo y se distribuyen las tareas entre los progenitores. Será más fácil hablarle a ese niño de igualdad de derechos y deberes. E incluso será más fácil integrar a los niños, según vayan creciendo, en esas tareas del hogar.